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Michelle, México DF

Acabo de tener mi primer enfrentamiento cara a cara con “el monstruo”. Es curioso, habiendo vivido tantos años en mí, nunca lo había realmente encarado. Es grande y muy poderoso, me intimida, pero más intimidante era lo que yo me imaginaba que era, lo que no me atrevía a enfrentar, mi más temible enemigo. Hoy, en un día que tendría que haber sido de tranquilidad y de goce porque era para mí, se presentaron una serie de “inconvenientes” de la vida cotidiana (se descompuso el congelador, el teléfono, la luz del coche, no aceptaron un cheque, etc.) gastos, gastos, gastos. Durante el día los fui resolviendo uno por uno, sin agobio aparente. Coincidentemente me sentía muy contenta y optimista al respecto de mi recuperación y de mi nueva dieta la cual me permite comer de manera “normal”, sin privaciones, pero con un orden. Además llevaba casi 5 días sin vómito, lo cual es el lapso más largo en el pasado mes ó 2 meses. Me sentía cansada ya que no he dormido las pasadas 4 noches y tuve que salir al súper a comprar unas cosas y a hacer un depósito. Al pasar por la panadería se me antojó un bagel y tome un pedazo de uno que había comprado. Y como un detonador de una gran explosión, sentí esa ansiedad y tuve que comérmelo todo. No-tenia hambre, pero no había poder en el mundo que me hiciera no comerme ese pan. Y al instante llego mi segundo enemigo: la culpa a la cual encare diciéndole que me quedaban todavía dos cereales en mi dieta y no había por qué preocuparse. Pero al terminar ese pan quería más y empecé a comerme otro, casi mecánicamente, y sabiendo que ese segundo pan no calmaría mi ansiedad- Y de nuevo, la culpa pero bueno si no lo controlaba terminaría por vomitar y ya no iba a sentirme llena ni a engordar. Al llegar a la caja tome una bolsa de chocolates de cookies & cream y pensé es mejor no comprarlos pues sabía que me los comería todos y sin saciedad. Entonces mi hija me vio y dijo ¡mm! Vas a comprar chocolates y no resistí y los abrí y empezamos a comérnoslos. Y de nuevo, el sentimiento de que ni esa ni 100 bolsas más serían suficientes peso es el momento no importaba y al fin si no aguanto la culpa, puedo vomitar. Es mejor la culpa del vómito que engordar o estar incomoda. Y al subirme al coche comencé a sentirme muy triste, fracasé no me puedo controlar caí al fondo otra vez, no hay salida. Tuve que contener las lagrimas porque mi hija estaba en el coche, y como podría ser que mamá llorara si hace media hora estaba feliz jugueteando conmigo. Sí, así es, un instante y todo cambia. Lo blanco es negro, la euforia (porque así es como vivo la alegría, es frustración y depresión no es solamente tristeza). Llegué a mi casa y corrí a llamarle a Elisa, necesitaba decirle a alguien que el monstruo me iba a vencer una vez más. Y le dije tal cual sin rodeos: “Me atraganté y quiero vomitar, que hago.” No sé si debo hablarle a mi terapeuta o no. Ella me aconsejo que lo hiciera y me repitió: a acuérdate, no pasa nada. ¡No pasa nada! Para mí, el mundo se acaba y puedo hilar una cadena infinita de pensamientos negativos y fracasos. Al fin, decidí marcarle, hable con ella y me dijo: que bueno que llamaste, no pasa nada. Me dio mucho gusto oír una voz de aprobación y tranquilidad. Me sugirió que buscara algo para distraerme. Me metí a bañar, y en la regadera, el “terror” me invadió. Podía ver esos panes y esos chocolates en mis caderas y la manera en que me castigaría los siguientes días por haber comido de más. Después me enfurecí: por qué tengo esta maldita enfermedad, la odio he pasado por estos sentimientos aniquilantes miles de veces, me destrozan me duelen y no los puedo controlar. Y después de llorar un rato de rabia y dolor de desesperación y derrota me acorde: No pasa nada, no pasa nada. En ese momento me vi cara a cara con mi enfermedad, pero con fuerza no con culpa o derrota. Me di cuenta que este encuentro, tal vez el más doloroso intenso y consciente de todos podía no ser el fin sino el principio de mi cura. “No me va a vencer, no pasa nada, no voy a vomitar, este sentimiento no es eterno”. Tengo que distraer mi mente pero cada fibra de mi cuerpo está alterada, intensa. Ojalá me pudiera ir a dormir y desanimar mi batalla dormida, como a mí me gusta en mis sueños sin que nadie me vea mal triste, llorando, sin hablar. Pero afortunada o desafortunadamente, tengo una cena en un rato y tengo que ir. Me angustia: otra vez comida, otra vez gente y no estoy bien. Por otro lado se que no hablaré de este tema y es una manera de distraerse y entonces se me ocurrió sentarme a escribir esta carta. A veces ayuda a desahogarse, y servirá para recordarme, cada vez que me vuelva a suceder, que al menos en esta ocasión, el monstruo perdió ¡Gane yo!

July 26th, 2012 Posteado porpolgapema Filed in: Testimoniales

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